Tu quieres que te escriba una de mis historias de amor, pero no puedo, no he acabado de perdonarte, y me sigo enterarte de traiciones.
No puedo.
Lo siento, de verdad.
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martes, agosto 14, 2007
lunes, agosto 13, 2007
Tus ojos, nube de ojos
Tus ojos tienen algo que me toca más allá de toda razón, y por muchas vueltas que dé y sin importar nada, siempre llegan ahí a ese su lugar adentro y caliente en mi ser, tocan lo sensible y mueven, remueven, imanes poderosos. tronidos, yo derretida. No se si sabes, por mucho que he escrito o dicho sobre tus ojos no pareces enterarte, no me das noticia de ello. Por otro lado es cierto que no digo nada, ¿cómo serán las cosas que sólo para tí tengo silencio cuando para todos los demás tengo torrente de palabras? no lo puedo evitar, me domina, no tú, algo más. Y sospecho que alguna cosa te pasa así, porque no importa lo enojado que estés siempre pareces ablandarte para mí, dulce, ahí, siempre ahí. Si digo que nunca terminaré de cortejarte es porque es cierto, no puedo dejar de hacerlo y a la vez no puedo ir más allá. Pero mi corazón se siente herido, quisiera un poco de compañía y esas noches de dormir en tu abrazo que ahora parecen antaño, pero la capitana razón no permite más, ando con el impermiable de mala gana y así estoy por ahora, y no se más.
Palabras clave:
Historias de amor,
ojos
sábado, mayo 12, 2007
Nueva sección: Historias de amor, hoy presentamos...
La del güero, parte II
Bajar la cuesta empedrada, llegar al atrio de la iglesia, trepar la cerca y silbar bien fuerte. Enfrente está la casa ancha de los cuatro pisos, en la azotea vives tú. Sé muy bien que cuelgas tu toalla blanca en un clavito que hay en una viga, afuera de tu puerta. Y me gusta que hay cactus por todas partes.
Te voy a buscar, de día por medio. Tu tienes la opción de no salir, yo me resisto a ir diario, pero lo cierto es que a los dos se nos acelera el corazón cada vez que echas las llaves en una cubetita atada a un mecate y la haces bajar para que yo me pelee con tu puerta.
De ti recibí la carta de amor más extraña del mundo, como esto no es ficción y me guardo un poquito para mí, sólo diré dos palabras al respecto: Niños Héroes. Lo que si diré es que no tuve más restricciones ni cuidados, y así me fue.
Se nos iban los días y las noches; ansiaba bajarme del pesero en la noche y caminar por mi calle, porque desde una cuadra antes podía saber si estabas despierto y si la noche tras mis chiflidos podía ser.
Y llegó la navidad, y te llevó lejos con el estuche duro de guitarra en una mano y una bolsa de calcetines sucios a la espalda.
Y yo esperé una semana y dos y se me cocieron las habas y se me volvieron a secar. Y en nuestra calle empezaron a armar los juegos de la feria, y por fin sin esperanzas, bajé yo la cuesta el último día del año, para ir al centro a consolarme con un café, domingo y sin bañar, y ahí estabas, a medio camino de nuestra calle te encontré, y ya venías con los calcetines y la guitarra, y se nos escapó una sonrisa, y mis pechos te saludaron, o eso dices tú.
Y volvió a ser nuestro domingo interminable y comimos y reímos y vimos el castillo con sus luces desde tu terraza y escuchamos la banda que guió nuestros movimientos esa noche, y nos desnudamos y desnudos nos quedamos, en esa cama tuya que era consuelo del invierno, y acurrucados nos volvió a encontrar el lunes, que te volvió a robar de madrugada y me mandó a mi casa, a envolverme en otras cobijas que no eran lo mismo.
Bajar la cuesta empedrada, llegar al atrio de la iglesia, trepar la cerca y silbar bien fuerte. Enfrente está la casa ancha de los cuatro pisos, en la azotea vives tú. Sé muy bien que cuelgas tu toalla blanca en un clavito que hay en una viga, afuera de tu puerta. Y me gusta que hay cactus por todas partes.
Te voy a buscar, de día por medio. Tu tienes la opción de no salir, yo me resisto a ir diario, pero lo cierto es que a los dos se nos acelera el corazón cada vez que echas las llaves en una cubetita atada a un mecate y la haces bajar para que yo me pelee con tu puerta.
De ti recibí la carta de amor más extraña del mundo, como esto no es ficción y me guardo un poquito para mí, sólo diré dos palabras al respecto: Niños Héroes. Lo que si diré es que no tuve más restricciones ni cuidados, y así me fue.
Se nos iban los días y las noches; ansiaba bajarme del pesero en la noche y caminar por mi calle, porque desde una cuadra antes podía saber si estabas despierto y si la noche tras mis chiflidos podía ser.
Y llegó la navidad, y te llevó lejos con el estuche duro de guitarra en una mano y una bolsa de calcetines sucios a la espalda.
Y yo esperé una semana y dos y se me cocieron las habas y se me volvieron a secar. Y en nuestra calle empezaron a armar los juegos de la feria, y por fin sin esperanzas, bajé yo la cuesta el último día del año, para ir al centro a consolarme con un café, domingo y sin bañar, y ahí estabas, a medio camino de nuestra calle te encontré, y ya venías con los calcetines y la guitarra, y se nos escapó una sonrisa, y mis pechos te saludaron, o eso dices tú.
Y volvió a ser nuestro domingo interminable y comimos y reímos y vimos el castillo con sus luces desde tu terraza y escuchamos la banda que guió nuestros movimientos esa noche, y nos desnudamos y desnudos nos quedamos, en esa cama tuya que era consuelo del invierno, y acurrucados nos volvió a encontrar el lunes, que te volvió a robar de madrugada y me mandó a mi casa, a envolverme en otras cobijas que no eran lo mismo.
Nueva sección: Mis historias de amor, hoy presentamos...
La del güero, parte I.
Nos conocimos un doce de diciembre; lo sé, porque nunca se me va a olvidar que era día de la Virgen y que los dos andábamos taciturnos viendo a qué sabía la tarde, ya muy tarde y sin encontrar nuestra respuesta. Yo te había visto antes, por que tenías ese largo y lacio pelo rubio. Decidí que no estarías a mi alcance (¿cuándo se ha fijado en mí un güero, en este país en donde eso suele ser sinónimo de adinerado?) y me puse a inventar tonterías con tu imagen, como que eras ruso y que poco a poco ibas a ir trayendo a los miembros de tu familia a México; o, dicho de otra forma, no me habías pasado inadvertido. Creo que los dos nos dimos por vencidos esa noche, era domingo, había pan de pueblo, no había nadie con quien compartirlo, pero mejor irse a casa que seguir buscando. Nos alejamos ya de la plaza por nuestra calle, Fernández Leal, y ahí me abordaste; “tu vives por mi casa”; “y tu vives por la mía”, contesté. Entonces no había más que decir, yo estaba lista, siempre sé las cosas así de rápido, o me aviento al vacío así de rápido y luego por eso me doy contra el concreto, como me pasó contigo, pero eso fue después y no vamos a echar a perder el cuento desde ahorita. Así que te dejé que me cortejaras, o que según tú me convencieras; te inventaste una historia en la que necesitabas agua, porque en tu casa no tenías, entonces fuimos a tu casa por unos botellones para acarrear el agua de mi casa a la tuya. Mientras estábamos allí yo abrí el grifo y salió un gran chorro, “¿no que no tenías agua?”, te dije, y tu respondiste que no necesitabas de esa agua, sino de beber, purificada, para tomarte unas medicinas, yo te dije que no tenía, entonces tu dijiste que podíamos ir a mi casa y hervirla, y que así te invitaba chocolate caliente para comernos nuestros panes, los dos estábamos jugando a hacernos pendejos, porque ya sabíamos que transa, pero era divertido, era el inicio de algo que siempre iba a ser divertido-chingativo. Después fuimos a mi vecindad, mi casa era un caos, acababa de mudarme y acababa de salir viva se un par de enfermedades terminales del corazón, dos males que me habían dejado marcada: uno moreno y otro mitómano. Nuestro impulso inicial se extinguió, y sólo quedaron un par de tímidos que no sabían cómo acomodarse uno junto al otro en el sillón. Así que platicamos y platicamos y dejamos salir partecitas de nuestros yos apachurrados y nos encontramos en el otro y poco a poco te me acercaste, fuimos fundiendo nuestros costados como quien no quiere la cosa, hasta que tus labios tenían mi cuello a su alcance e hicieron debido uso de esa cercanía. Después vinieron esos besos que me hacen girar el corazón (aún hoy), y que no supe atesorar suficiente como los raros presentes que sólo una vez me harías. Y después, un arranque de pasión desmedida, y recuerdo que la casa estaba a oscuras, y que a mi entró un aire de conciencia y le puse un alto a todo aquello. Así que te fuiste, pero yo no pude evitar acompañarte a la puerta, y luego al portón y luego a la esquina y luego a tu puerta y de ahí a tu cama, que tanto me gustaba, donde nos entreteníamos horas y horas nocturnas desnudos riéndonos de todo y de todos. Ya en tu cuarto, me pusiste a Coltrane “esta es para las que no se dejan bajar los calzones”, y eso siempre me dio risa por dentro, por que yo sabía desde el principio que no te iba a costar tanto como temías en ese momento. Y todo fue tan familiar y tan calmo, y nos encontramos simplemente, como la piel dorándose al sol, y hacía frío y nos dormimos y se nos acabaron las horas y llegó el lunes, y cepillé tu cabello y capturé tu olor de leche dulce en mis pupilas, y te fuiste a la escuela y yo a mi casa, en una mañana de invierno, cantando por dentro una melodía antigüa, sin saber que iba ser o sería, sino hasta después.
Nos conocimos un doce de diciembre; lo sé, porque nunca se me va a olvidar que era día de la Virgen y que los dos andábamos taciturnos viendo a qué sabía la tarde, ya muy tarde y sin encontrar nuestra respuesta. Yo te había visto antes, por que tenías ese largo y lacio pelo rubio. Decidí que no estarías a mi alcance (¿cuándo se ha fijado en mí un güero, en este país en donde eso suele ser sinónimo de adinerado?) y me puse a inventar tonterías con tu imagen, como que eras ruso y que poco a poco ibas a ir trayendo a los miembros de tu familia a México; o, dicho de otra forma, no me habías pasado inadvertido. Creo que los dos nos dimos por vencidos esa noche, era domingo, había pan de pueblo, no había nadie con quien compartirlo, pero mejor irse a casa que seguir buscando. Nos alejamos ya de la plaza por nuestra calle, Fernández Leal, y ahí me abordaste; “tu vives por mi casa”; “y tu vives por la mía”, contesté. Entonces no había más que decir, yo estaba lista, siempre sé las cosas así de rápido, o me aviento al vacío así de rápido y luego por eso me doy contra el concreto, como me pasó contigo, pero eso fue después y no vamos a echar a perder el cuento desde ahorita. Así que te dejé que me cortejaras, o que según tú me convencieras; te inventaste una historia en la que necesitabas agua, porque en tu casa no tenías, entonces fuimos a tu casa por unos botellones para acarrear el agua de mi casa a la tuya. Mientras estábamos allí yo abrí el grifo y salió un gran chorro, “¿no que no tenías agua?”, te dije, y tu respondiste que no necesitabas de esa agua, sino de beber, purificada, para tomarte unas medicinas, yo te dije que no tenía, entonces tu dijiste que podíamos ir a mi casa y hervirla, y que así te invitaba chocolate caliente para comernos nuestros panes, los dos estábamos jugando a hacernos pendejos, porque ya sabíamos que transa, pero era divertido, era el inicio de algo que siempre iba a ser divertido-chingativo. Después fuimos a mi vecindad, mi casa era un caos, acababa de mudarme y acababa de salir viva se un par de enfermedades terminales del corazón, dos males que me habían dejado marcada: uno moreno y otro mitómano. Nuestro impulso inicial se extinguió, y sólo quedaron un par de tímidos que no sabían cómo acomodarse uno junto al otro en el sillón. Así que platicamos y platicamos y dejamos salir partecitas de nuestros yos apachurrados y nos encontramos en el otro y poco a poco te me acercaste, fuimos fundiendo nuestros costados como quien no quiere la cosa, hasta que tus labios tenían mi cuello a su alcance e hicieron debido uso de esa cercanía. Después vinieron esos besos que me hacen girar el corazón (aún hoy), y que no supe atesorar suficiente como los raros presentes que sólo una vez me harías. Y después, un arranque de pasión desmedida, y recuerdo que la casa estaba a oscuras, y que a mi entró un aire de conciencia y le puse un alto a todo aquello. Así que te fuiste, pero yo no pude evitar acompañarte a la puerta, y luego al portón y luego a la esquina y luego a tu puerta y de ahí a tu cama, que tanto me gustaba, donde nos entreteníamos horas y horas nocturnas desnudos riéndonos de todo y de todos. Ya en tu cuarto, me pusiste a Coltrane “esta es para las que no se dejan bajar los calzones”, y eso siempre me dio risa por dentro, por que yo sabía desde el principio que no te iba a costar tanto como temías en ese momento. Y todo fue tan familiar y tan calmo, y nos encontramos simplemente, como la piel dorándose al sol, y hacía frío y nos dormimos y se nos acabaron las horas y llegó el lunes, y cepillé tu cabello y capturé tu olor de leche dulce en mis pupilas, y te fuiste a la escuela y yo a mi casa, en una mañana de invierno, cantando por dentro una melodía antigüa, sin saber que iba ser o sería, sino hasta después.
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