Regresé a los 18. Mis amigos estaban ahí esperándome, pero la noche ya había pasado por ellos.
Mientras yo estaba tomándome una que otra cerveza y viendo a mis primas pedir permiso para que sus novios pudieran visitarlas las tardes que mi tía dispusiera a la semana, todos mis amigos de México, mi banda, estaba pasando por las más alucinantes experiencias de la juventud, no me refiero a drogas fuertes, sino a las primeras veces de tantas cosas, los primeros revens, claro, las primeras borracheras, involucrarse en lucha social, ver cine culto (por llamarle de algún modo), tener las primeras relaciones de pareja más serias, conducir, leer cosas más complejas y discutirlas, escribir, enfrentarse a dificultades de adultos, tratar de organizarse en coletivo, lidiar con la policía, fumar mota y tantas y tantas cosas más.
Cuando llegué estaba atrás en la vida, y era nueva para todo.
Pero ahí me acompañaron, quizá con un poco de risa, viéndome hacer mis pininos, y ahí estaba siempre la noche, para jugar ficha, para ir en el tren del metro de Tlalpan, para ir al concierto de Silvio al Zócalo -o sentir como retumbaba con los saltos en uno de Café Tacuba-, para antojarse de unos churros del Moro con chocolate a la una de la mañana, o cenar en el Popular, los cafés en Coyo, la Cineteca, la lluvia en Insurgentes, CU, los tacos de madrugada, la noche siempre la noche.
Y ahora estoy tan lejos, y si estuviera ahí no estaría yo en la noche, porque me parece que un niño debe estar en casa cuando se mete el sol y tener una vida ordenada; y si allá contaba con los dedos de la mano las personas en quien confiaba para dejar a mi hijo, aquí menos.
Pero llegará un día en que no me necesite tanto, en unos 10 años tal vez, y yo volveré a la noche, y estaré atrás de nuevo, y todo será diferente y ahí estará aún la Cineteca y Coyo tambíen, y entonces espero volver, como a ser joven, como a reírme, como a ser yo misma, y se que mi verdadera familia estará ahí, esperándome de nuevo, para darme la mano y saltar juntos.